La hojalata todavía tiene quien la quiera

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 Ese trabajo lo hacía a diario su padre, Hugo Pincay, quien tenía tras de sí una larga trayectoria en el oficio de la hojalatería, ese mismo que hoy parece tener los días contados.

“La cosa está dura, no hay salida de nada, no hay plata, la gente está chira”, murmura el maestro Pincay (54 años) rodeado de los productos que, hechos a mano en largas jornadas, esperan pronto irse a cumplir la misión para la que fueron elaborados.
Allí hay regaderas, palas, bebederos, candiles, moldes para tortas, rallos de variados tamaños, recogedores de basura, tenazas para asar verdes y baldes, todos confeccionados con zinc galvanizado, el material que ahora se utiliza.
Mientras revisa un horno para asar carne, cuenta que su producción, la mayoría, se va a los comerciantes de la Alajuela, donde están sus principales clientes, ya que es poco lo que se vende por unidad o “al paso”.
Preguntado sobre la presencia masiva de objetos de plástico en el mercado, reconoce que esta ha afectado mucho el trabajo, pero si la gente hace conciencia de lo poco o mucho que dura un balde, por ejemplo, se dará cuenta de que no hay comparación.
 
Cuestión de calidad.  “Un balde de plástico es prácticamente de una sola vida, se daña y no hay cómo arreglarlo; en cambio, uno de zinc se puede soldar”, afirma Pincay, quien empezó a lidiar -y a cortarse las manos- con las latas a los 12 años, en el mismo lugar, a pocos metros del puente Santa Cruz o Jaime Roldós Aguilera, en donde apenas se intuye que el río Portoviejo pasa entre árboles y ramas.
Quizás el único implemento que extraña no hacer es el filtro de café, aquel que era de uso obligado en todos los hogares de antaño.
“Resulta que ahora ya no viene el cedazo o malla, con lo cual no se puede elaborar el filtro. Es una pena, pues era uno de los productos de mayor demanda en tiempos de mi padre”, cuenta don Freddy, quien conserva un reportaje enmarcado de su progenitor guindado en la pared.
El maestro hojalatero tiene dos hijos, los cuales le ayudan a veces, pero tienen otros objetivos. 
Ante esta pérdida de heredero en el oficio, desde hace algún tiempo cuenta con la ayuda de su sobrino, Jair Pincay, quien ha demostrado ser bastante diestro en el trabajo.
 

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