Niñas rotas: ''Su vida era un infierno y papá era el diablo''

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Es una oficina pequeña. Hay tres escritorios, papeles, denunciantes, denunciados y en una esquina una abogada que le dice a una adolescente que no debe permitir que le toquen sus partes íntimas.

La muchacha escucha en silencio. Un familiar la mira, también en silencio. 
Muchas veces todo queda en silencio. 
Otra abogada, Ana Santana, cuenta, en alusión al caso de la chica, que los abusos sexuales  a menores han incrementado, especialmente dentro del  hogar. 
Los acusados siempre son padres, hermanos, padrastros, tíos o abuelos. Personas con fácil acceso a la víctima. En otras palabras: incesto.
Y las estadísticas lo confirman, los abusos sexuales y violaciones a niños y niñas de cero a 17 años, entre 2014 y 2017, fueron 28.204 en todo el país. 
De esos, 447 fueron registrados por un “miembro del núcleo familiar” y en 27.757 no hay detalles sobre quién  fue el  abusador. 
En Manta la situación no es distinta, en al menos dos de cada tres denuncias de abuso sexual a menores están implicados familiares, explica María Pico, otra abogada de la Junta . 
Y pueden ser más, asegura, porque hay gente que no denuncia. 
-Mire este caso, por ejemplo  -expresa mientras abre una carpeta-. Nos llegó esta semana de una escuela. 
“El orientador del plantel entrevistó al niño por su bajo rendimiento en clases y este le dijo que su tío abusaba de él. El caso lo tomó la Junta y le informó a los padres. La sorpresa fue cuando la madre dijo que no iba a denunciar porque se trata del hermano de su esposo. Aún así el expediente fue enviado a la Fiscalía que está investigándolo”. 
-Si ve, cuántos más habrá sin denunciar. 
Abusada por el padrastro.   “Ahí es, ahí pasó todo”, le dijo la niña de 10 años a una mujer, y ella lloró.  
Señalaba el cuarto desde la sala de su casa, y dentro del cuarto la cama;  a un lado la ventana por donde varias veces quiso escapar, lanzarse para que no la tocaran.
El padrastro abusaba de ella por las tardes, le dijo. 
O a veces en la mañana, al mediodía, luego ya no había horas, solo esperaba que la mamá  no  estuviera. Y la violó, cuenta la mujer con mirada firme y voz quebrada. 
Lo hizo varias veces hasta que lo descubrió la madre, que no quiso denunciar porque tenía miedo. Era maltratada, sumisa. 
Dijo que no tenía opciones, hasta que la niña se lo contó a una profesora en la escuela  y el caso llegó a la Fiscalía. 
Un año después el hombre está preso, sentenciado a 15 años y la niña permanece en una casa hogar porque su madre fue declarada “no confiable” para tenerla.   
“La historia de ella es muy triste”, explica la mujer. 
“Le contaría más, pero debo  protegerla, ella es mi sobrina y quiero que le vaya bien. Con mi mamá, su abuela, estamos haciendo los trámites para acogerla”.
Ana Santana, la abogada de la Junta de la Niñez de Manta, dice que en los últimos dos años los casos de abusos sexuales y violación salen a la luz por la intervención de los Departamentos de Consejería Estudiantil (DECE) de los planteles, no por denuncias de familiares. 
Los alumnos son evaluados y en ese momento confiesan agresiones sexuales.
De allí viene la segunda parte, la incredulidad de algunos padres.  
“Ellos aseguran que es mentira, que no pasa nada, pero de todos modos enviamos los casos a la Fiscalía”. 
Al mismo tiempo dictan medidas de prevención para cuidar al menor. 
Una de las más comunes es que el supuesto agresor no puede acercarse a él.
Leonor Flores trabaja como psicóloga en la Fundación Shekinah, una casa hogar donde llegan menores en situaciones de riesgo o en procesos legales por violencia física, psicológica o sexual.
Allí llegan varios menores víctimas de abusos sexuales y violaciones, y cuando lo hacen traen historias similares: el abusador (padre, padrastro, hermano o tío) la tocaba y la madre no decía nada porque tenía miedo.  
Pero, ¿por qué ocurre eso? ¿Qué le pasó a la madre que permitió el abuso? ¿A qué le tenía miedo?
Las preguntas son varias y la psicóloga tiene una sola respuesta: falta de mecanismos de defensa, un círculo que se repite caso tras caso. 
Los abusos ocurren en un hogar donde hay agresión     física y verbal. 
La madre está amenazada de que si dice algo la matan o matan a uno de sus hijos. Entonces callan, el abuso continúa y el círculo se cierra. Y pasan meses, años, muchos años hasta que alguien se decide hablar, pero no alguien de casa, casi siempre es una vecina, un profesor o los psicólogos de las escuelas.
“Mire nomás el caso de incesto que acaba de ocurrir hace poco en la provincia de El Oro. El del padre que  violó y embarazó a sus dos hijas y luego a su hija que también es su nieta, eso es terrible”, dice la psicóloga, y lanza más preguntas:   “¿Qué cree usted qué pasó allí? ¿Por qué la madre no denunció? Son muchas las hipótesis, pero la mujer dijo que no sabía de los abusos. A veces esa es la respuesta más común: No sabía que eso estaba pasando”. 
Las tres sentencias de Jaramijó. En el Ecuador no existe un delito llamado “incesto”: es solo un agravante legal. 
Se lo registra como abuso sexual, acoso sexual o violación, y la pena para el agresor es más severa si comparte o es parte del “núcleo familiar de la víctima”.
De esos hay muchos y Marlene Macías recuerda tres que manejó mientras trabajaba como abogada de la Junta de la Niñez de Jaramijó. Todos terminaron en sentencia para el agresor. 
Uno ocurrió en el 2013. Un  padre abusaba sexualmente de su hijo de nueve años y fue denunciado por su otra hija. El sujeto está cumpliendo 25 años de cárcel.
Otro caso es de una niña de 11 años, que era maltratada físicamente por su madrastra, la menor le contó a una profesora en una carta que también era abusada por su hermanastro de 20 años. La Fiscalía investigó y los jueces sentenciaron al hombre a 20 años de cárcel. 
El otro caso es de un hombre que embarazó a su hija de 13 años.  La menor  vivía con él porque la mamá  los abandonó, fue entonces cuando empezó a abusar de la niña. Los vecinos se dieron cuenta y lo denunciaron. 
Esos casos son muy comunes, dice Marlene, y también hay otros en los que llegan a denunciar el suceso pero nunca más regresan. “Y no lo hacen porque a veces los padres no les creen, lo cual es un error. Siempre hay que tener confianza en los niños e investigar lo que dicen, no hay que quedarse con los brazos cruzados”. 
Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos del Ecuador (INEC), a una de cada tres víctimas de abuso sexual nunca le creyeron. En 2016 se cometieron 3.502 abusos sexuales en el Ecuador. 
En 2016, a 1.155 niñas les dijeron mentirosas. 
La psicóloga Isabel Figueroa cree que una de las razones que lleva a una persona a abusar de un menor es la de imponer su condición de poder.  
“A más del trauma o la psicosis sexual que tenga el agresor, este quiere mostrar su autoridad sometiendo y controlando a los niños y haciéndolos quedar como mentirosos.  Pero lo peor es cuando los padres no les creen”, expresa.   
Basándose en datos oficiales, el 65 % de los casos de abuso sexual los cometieron “familiares y personas cercanas a las víctimas”, y  de los familiares que abusaron “casi el 40% abusó varias veces de la misma víctima y el 14 % lo hizo de manera sistemática”.
El dibujo que delató al violador. Su vida era un infierno y  papá era el diablo. 
Tenía nueve años y papá ingresaba a la cama para manosearla. Eso pasó durante un año hasta que ella lo dibujó en una tarea escolar; le puso cachos y lo pintó de rojo. 
Esa fue la señal. Después de eso la niña fue llevada con un psicólogo, quien hizo las preguntas adecuadas y la niña contó los detalles. 
Papá ingresaba a la cama, la tocaba, luego decía que no debía hablar de eso con nadie, porque sino su “hermanito” y mamá iban a sufrir mucho. 
La niña le tenía miedo, pero sabía que eso estaba mal y fue entonces cuando decidió dibujarlo como el malo, el hombre malo, el de los cachos. 
La madre puso la denuncia en la Fiscalía, el papá huyó pero fue capturado tres meses después. Ahora paga 25 años de cárcel.
La niña ya tiene 12 años y está tratando de olvidar. 
Ya no ha vuelto a dibujar al diablo. 

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